Solo hay que ver sus caras. La ambición, la humildad, la motivación y el espíritu de autosuperación que Guardiola ha sabido inculcar en su talentosa plantilla es palpable. Para jugar bien al fútbol hay que disfrutar haciéndolo. Hay que olvidarse de que estás jugando en un equipo en el que se te mira con lupa, que te estás jugando mucho en cada partido, que tienes que “ganarte” tu millonario sueldo… Todo eso está para pensar en ello fuera de los terrenos de juego. En el momento en el que pisas el césped del campo, solo hay que pensar en disfrutar. Nada de ganar los partidos sufriendo; nada de contentarse con ir sacando resultados como sea. Para que el aficionado disfrute del partido, los primeros que deben disfrutar son los jugadores. Y eso se ha notado. De ahí que sea tan importante la motivación; tanto o más que el talento y el trabajo duro en los entrenamientos.
La temporada pasada, cuando el Barça de Rijkaard y Ronaldinho pasó por su peor época, había mucha calidad (como ahora), pero faltaba ilusión y humildad. Los jugadores salían al campo casi derrotados. Carentes de confianza en su propio equipo. Se dejaban remontar partidos en los que a la media hora iban ganando 3-0 y después se dejaban ir con pases horizontales y sin movilidad; como esperando a que terminase el partido. Un desastre. Es más, algunos jugadores faltaban a veces a los entrenamientos o llegaban tarde. Este año, los jugadores han llegado a todos los entrenamientos antes de la hora. Hubo tan solo una ocasión en la que varios integrantes de la plantilla llegaron un minuto tarde. Sí, uno solamente. Y Guardiola les echo la bronca para que no bajasen la guardia. No hizo falta nada más. Ni tan siquiera la mierda que vierte semana tras semana la prensa deportiva pudo minar la moral de este grupo.


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