Hay días en los que te apetecería mandarlo todo a la mierda. Son esos días en los que todo te sale mal. Llegas a creer que no tienes suerte, que eres un inútil y que hagas lo que hagas tu especialidad es cagarla; tú con la vida o la vida contigo, sea como sea, estáis peleados. Yo me encuentro en esa situación ahora. Hasta los optimistas nos permitimos tenerlos de vez en cuando.
Y sí, yo mismo me considero un experto en cagarla, pero si hay algo que se me da mejor que meter la pata es sacarla después. El caso es que siempre creemos que son las grandes cosas las que pueden joderle la vida a uno pero no es cierto, son las pequeñas cosas las que te van jodiendo si no tienes un poco de cuidado. Las grandes cosas se superan, las pequeñas pasan desapercibidas y se van acumulando hasta que un día llega la gota que colma el vaso; a veces una chorradita y a veces algo gordo. En mi caso… eso no importa. No me voy a poner a contar mi vida a unos desconocidos ni creo que a unos desconocidos les importe mi vida.
En estos casos, cuando no hay nada que me anime, lo que hago es concederme un día; un solo día. Mañana me reconciliaré conmigo mismo por haberme hecho esto, volveré a nacer y saldré a la calle con una sonrisa de oreja a oreja y mirando a la vida a los ojos.

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